martes, 16 de abril de 2013

Monotonía

  Andaba tan agotada que agradeció el inquietante silencio de la calle. Una calle medianamente concurrida, recién caída la noche. 
Las farolas comenzaban a encenderse y las tiendas a apagarse. Tan sólo se escuchaba el clap-clap de los pasos de quienes pasaban cerca, el motor de un coche que circulaba lentamente y el ladrido de un perro a lo lejos. Había cierta tensión que le acomodaba, podría pasarse horas allí -pensó- podría sentarse en la acera y fumar. Disfrutar de aquella sensación de vacío con cada calada. Por primera vez en días sentía la libertad de la soledad, pero sabía que en cuanto se relajase alguien le prestaría atención, le pedirían fuego, tal vez el cómo llegar a algún lugar que seguramente desconocía, o el piropo de algún borracho. 
Así que continuó caminando, caminó hacia un destino rutinario. Hacia su cómoda jaula social. Una jaula que tiene algo peor que barrotes, el conformismo. Un conformismo que toma como forma de vida todo aquello que reprime los instintos básicos. Deseó escapar.
Deseó perderse en el camino, pero todo continuó igual que siempre.